lunes, abril 09, 2007

Capítulo 1: La lista de la compra

“Los aeropuertos son feos. Algunos son muy feos.
Los hay que alcanzan tal grado de fealdad que sólo
pueden ser el producto de un esfuerzo premeditado.”

- Douglas Adams
Leo es feo. Leo es muy feo. Leo alcanza tal grado de fealdad que da la impresión de ser el producto de un esfuerzo premeditado.
También es bajito. Bueno, decir que es bajito sería ser benevolente… Digamos que es muy pequeño…
Dejémoslo en “diminuto”.
La verdad, su fealdad y su pequeñez han estado con el desde su nacimiento y, debido a que la cirugía estética hace arreglos pero no milagros, le acompañarán hasta el día de su muerte.
No hay motivos para adentrarse en las historias de su niñez, juventud o madurez, en posibles conjeturas sobre un crecimiento difícil, o especular sobre la posibilidad de que sus padres no le compraran suficientes juguetes de niño.
Digamos que Leopoldo (porque está claro, tiene un nombre completo) tiene 40 años, casi 41, malvive de una indemnización que recibe gracias a un accidente que ocurrió hace tiempo(1) y, lo dicho, es tan pequeño y feo que las cajeras le dan mal el cambio porque no se atreven a mirarle a la cara.
Ah, si. Y su vida es una mierda.
Hablando de cajeras: Leo se dirigía al supermercado a comprar leche, huevos, enjuague bucal y, sorprendentemente, un arenque (no, no es para comer)(2). Es el típico supermercado de barrio, el cual ha ido cambiando de manos con una velocidad similar a la de un cepillo en una iglesia llena de ateos. Comenzó siendo un humilde Aldi, a principios de los 90, y poco después se convirtió, como por arte de magia, y sin que la gente del barrio se diera cuenta, en un Seyca, el cual pasó a ser un Supersol, fue comprado rápidamente por Eroski, y, en un lapso de 5 minutos (en términos de vida supermercantil) volvió a ser un Supersol. Al parecer, el supermercado no obtenía lo que buscaba de ese estilo de vida, y durante unos años vivió al límite dando cobijo a un negocio coreano de tráfico de órganos, un cartel colombiano, e, inexplicablemente, una familia de mapaches(3). En la actualidad, se limitaba a pasar inadvertido, sobreviviendo a duras penas, con nombres cómo “La despensa de…”, “El Chaflán de…”, “La Cocina de…”, etcétera. Debido a los continuos cambios, y a que los nuevos dueños eran particulares que no estaban en posesión de un gran capital, no había ningún cartel que indicara el nombre del establecimiento, aunque podían observarse unas sospechosas hendiduras en la pared, que, sospechosamente, tenían la sospechosa forma que tienen los impactos de bala.
Leo era uno de los 6 o 7 clientes habituales, siendo el resto jubiladas chillonas y con una molesta tendencia a colarse(4), algo tan irritante que ya se estaba empezando a crear una asociación no lucrativa en su contra.
Antes de poder entrar, alguien le asaltó desde las sombras.
-Señor, ¿le interesaría hacerse socio de…?- El hombre reprimió las ganas de vomitar al mirar a Leo a la cara, trató de pensar en flores, mariposas, y cachorritos, y volvió a empezar. -¿Le interesaría hacerse socio de nuestra cadena de supermercados..?
-¿Para qué? Si lo cambian cada mes…
-…cuyo carnet de le reportará beneficios a medio plazo a usted, y sobre todo a su economía familiar, así cómo…
-En serio, no me interesa, además, vivo sólo, así que…
-…regalos de gran utilidad, y múltiples utensilios y electrodomésticos para el hogar, por no hablar de…
-¿Oiga? ¿Me está escuchando?- Leo le miró la nuca, el cuello, la espalda… No vio ni cables ni enchufes, por lo que dedujo que no era un robot, simplemente era idiota.
-…que podrá acumular con compras por valor superior a 50 euros…
-Mire, pedazo de imbécil, me haré la tarjeta de las narices, pero déjeme hacer la compra, joder.
Leo nunca, absolutamente nunca había dicho palabras malsonantes, de hecho, hasta ese momento, en raras ocasiones había perdido los estribos… De lo que se podía deducir que, en ese momento, sus estribos estaban jugando concienzudamente al escondite, y parecía ser que habían encontrado un bonito rincón oscuro en el desván donde pasar el rato.
-¡Perfecto, caballero! Déme su nombre, dirección, y una fo…- Miró a Leo a la cara, y decidió que con dos veces en un día había sido suficiente, y que podría hacer una excepción, con tal de no tener que llevar una foto suya en el bolsillo de la chaqueta. –Ehm… Nombre, dirección, y… Pues… Eso es todo. Ya está.
Acompañó, esta última frase con una falsa sonrisa en la que mostró su perfecta dentadura. Si hubiera tenido 96 dientes en vez de 32, habría encontrado la manera de enseñarlos todos.
Este último detalle crispó especialmente los nervios de Leo, que le escupió al hombre sus datos personales, y entró a zancadas (dentro de lo posible) al supermercado.
Hay miles de personas en el mundo convencidas de que son victimas de una conspiración, y Leo era una de ellas. Ese tipo de gente suelen achacar esas conspiraciones al gobierno, los extraterrestres o, algunas personas con mayor inventiva, a pequeños seres que viven bajo tierra. Leo le endosaba su particular conspiración al Universo.
Y tenía razón.
La verdad es que el Universo le odiaba.
Fue el Universo el que hizo que resbalara y cayera sobre un charco de leche condensada que alguien había olvidado limpiar. El Universo hizo que perdiera la vez en la pescadería, incluso cuando la pescadería estaba vacía(5). Y, por supuesto, fue el Universo el que hizo que un bote de cristal lleno de aceitunas(6) se aburriera de su rutinaria vida y decidiera dar un paseo en caída libre, en una perfecta línea vertical sobre el pie izquierdo de Leo. Sin que el bote sufriera el más mínimo rasguño.
Y así llegó a la caja número 4, con la camisa pegada a la espalda totalmente mojada y pringosa, cojeando de manera ridícula y con un tic nervioso que hacía que su párpado se cerrara hasta la mitad cuando le venía en gana.
Por no hablar de los chasquidos que hacía con la lengua.
La cajera le empezó a cobrar los alimentos intentando no mirarle… algo sumamente difícil.
-Una botella de leche. – Pip, gota de sudor.
-Una docena de huevos. – Pip, otra gota de sudor.
-Un… Eh… Arenque… - Pip, mirada de reojo.
-Son… Hmm… 5,37 euros.
Leo le dio el billete y se dio cuenta de que la cajera había llevado a cabo todo el proceso de lado, sin mirarle.
-Mírame. – Hay que aclarar que, si se ha establecido un tono de voz que se pueda relacionar íntimamente con la palabra “intimidar”, el tono era ese.
-¿Có… Cómo dice?
-¡Que me mires a la puta cara mientras me das el cambio! – La cajera (que, por cierto, se llamaba Mari Cruz) se giró lentamente, hasta que se cruzaron sus miradas.
Y el cambio se le cayó al suelo.
En este momento, las neuronas del cerebro de Leo mandaron ciertos impulsos eléctricos que hicieron que ciertas sustancias químicas se acercaran a otras sustancias determinadas dando lugar a ciertas reacciones, digamos… Nocivas.
-Ahora si que la has cagado.
Aclaremos que, una persona puede aguantar que te den mal el cambio dos o tres veces, pero, cuando llega una nueva cajera que te da mal el cambio durante dos años por el simple hecho de no querer mirarte a la cara, lo normal es que te mosquees un poco(7).
Por eso va a matarla.
(1) El cual, todo sea dicho, no nos interesa lo más mínimo.
(2) Tampoco preguntéis para qué quiere usarlo, por favor.
(3) Inexplicablemente.
(4) No sólo en supermercados, sino en cualquier lugar con una cola que encuentren. De hecho, recientes investigaciones revelan que, en un periodo comprendido entre los 65 y los 70 años, los pensionistas comienzan a sufrir una serie de cambios hormonales, por los cuales sienten el inevitable impulso de colarse, incluso en las colas de conciertos de heavy metal, y demás sitios a los que ni siquiera tienen la intención de entrar.
(5) Puede parecer un detalle sin importancia, pero perder la vez en la cola de una pescadería es la principal causa de las crisis nerviosas en los países desarrollados.
(6) Peso neto 2,04 Kg. Peso escurrido 1,87 Kg.
(7) Claro que también puede ser un excusa genial para hacer lo que te de la gana.

4 Comments:

Blogger Bamf! said...

Postdata: he terminado la actualización a las 6:26 de la madrugada, con varios días de sueño atrasado, y nosecuantas excusas más. Pero sobre todo, no es lo mismo escribir en un blog que en el word. Como podeis comprobar, en el blog queda mucho más cutre, y no hay sangrías, ni tabuladores, ni cosicas monas de esas que hacen que un texto quede bien.

Dedicado a Alex, que lo leerá y lo criticará, porque es un desgraciado, y a Rafa, que directamente no lo leerá, lo que le convierte en un desgraciado, también.

6:28 a. m.  
Anonymous Gusi said...

a mí me ha gustado amorcete mío, pero ya tel o dije anoche, así que supogno que también caeré en desgracia por repetirme ;)

muAK!

10:31 p. m.  
Anonymous miki said...

como te mola el rollo este intimista-lugubre-erotico-festi....


ma molao sinceramente :)

aunq yo escribire una novela (algun dia xD) q tratara sobre la destruccion i corrupcion del mundo (Gaia) por el cambio climatico, con sus heroes y tal.

1abrazo moreno i deja ya las cañas xD

8:19 p. m.  
Anonymous Rafaele said...

Soy Rafa y si, lo reconozco, cuando he llegao a la nota 1 he bajao pa leerla y al ver to lo que habia escrito me ha dao el bajon y me he ido a dormir...pero sabes que te apoyo en tu carrera hacia el exito..azazazazaz

1:17 p. m.  

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