viernes, abril 13, 2007

Capítulo 2: Diálogo de besugos

“Lo peor de estar furioso con Mustrum
Ridcully era que ni siquiera llegaba a enterarse
de que estabas furioso con él.”
- Terry Pratchett
Leo cogió a la cajera por el pelo, y aunque estaba fuera de sus cabales, consiguió concentrarse lo suficiente como para comprobar que el supermercado estaba vacío.
Hay que reconocer que para ser tan pequeño, se las estaba arreglando bastante bien para intimidar a alguien que le sacaba casi medio metro de altura. Tal vez ayudara el hecho de que estaba tan fuera de sí, tan furioso, que su cara estaba comenzando a mostrar un tono rojo carmesí nada saludable(1).
-Ahora te vienes conmigo, y como grites o intentes cualquier estupidez, por mis muertos que te rajo.- Y esto lo dijo con una tranquilidad cercana a la esquizofrenia.
Hay que remarcar el hecho de que Mari Cruz (la cajera) estaba trabajando ahí para pagarse los estudios universitarios, por lo que no era totalmente estúpida(2). Pudo darse cuenta de que su agresor no tenía en su poder ningún objeto con el que “rajar”. Bueno, si, hay que reconocer que el abre fácil del brick de leche era un invento desconcertante, pero, desde luego no era excesivamente mortífero.
Lo que abstenía a Mari Cruz de salir corriendo, además de un papiloma en el talón de su pie derecho, era la ira en la cara de Leo(3)… Aunque más que “abstenerse de huir”, sería más correcto decir que la reacción que le causaba era “estar a punto de orinarse encima”.
Agarrándola del brazo, la sacó del supermercado corriendo, a plena luz del día. De hecho, habría que tener más de 10 dioptrías y haberse olvidado las gafas en casa para no ver ese espectáculo. La ventaja para Leo residía en dos factores: que vivía tan sólo a unos 30 metros de allí y que, en su barrio, si alguien asestara 14 puñaladas a otro alguien a la vista de todo el mundo, los testigos esperarían al menos media hora para llamar por teléfono.
Y llamarían a cualquier amigo para preguntarle: “¿Crees que me meto donde no me llaman si llamo a la policía?”.
Llegaron al edificio de Leo, un bloque de viviendas de protección oficial de 4 pisos que se asemejaba a una caja de zapatos que hubiera sido tragada por alguien, digerida, y, por azares del destino, vomitada.
Entrando al portal con la cajera, Leo descubrió, como venía sucediendo a diario hacía ya años, a la portera observando quien entraba, con la puerta entreabierta. Cuando 2 horas más tarde el marido de la portera llegó de trabajar y consiguió reanimarla, esta solo pudo murmurar una frase: “Mariano… Vamos a mudarnos…”
Leo irrumpió en el 4º piso, y empujó a Mari Cruz hacia dentro, cayendo esta junto al sofá del salón. Desapareció durante unos segundos, para volver con una escopeta en la mano, mientras le introducía dos cartuchos con la otra.
-Esta escopeta era de mi padre. Solía cazar conejos con ella. Y si no te sientas en esa silla, voy a cazar algo más grande.
Mari Cruz no sabía nada de caza, pero era una de esas personas cuyo hobby consistía en no morir. Así que se sentó en la silla.
-Muy bien.- Dijo su temporal secuestrador mientras la envolvía en cinta aislante.
-Oye, deberías limpiar esto un poco… He visto algo moverse detrás de esa mesa… Y no parecía una mascota…
-Cállate.
-Es que tenía más de cuatro patas…
-¡Que te calles!- Y esta vez le apuntaba con la escopeta.
-Oye… ¿Q-Que me vas a hacer?
-Ah. Voy a matarte. Pero es mi primera vez y no tengo las cosas claras. Voy improvisando sobre la marcha, ¿sabes?
-Ah.- La chica pensó unos segundos. –Bueno, he de reconocer que, para ser tu primera vez, no lo haces nada mal…
-Gracias, aunque no dejo de pensar que se me olvida algo…
De repente, se le dilataron las pupilas, las manos comenzaron a sudarle, y sintió un pinchazo en la nuca(4).
-El imbécil del supermercado.
Leo cogió la escopeta, salió corriendo y bajó las escaleras de cinco en cinco, hasta que resbaló, se cayó en el rellano, y tuvo que descansar durante un par de minutos, lo que le cabreó bastante más de lo que ya estaba.
Ahora cojeaba de las dos piernas, lo que le hacía parecer un hombre-anuncio de un medicamento contra las hemorroides.
La verdad es que sus hemorroides personales se llamaban “humanidad”.
Llegó a toda velocidad al supermercado y pasó por debajo de la reja, que estaba a medio bajar, por estar ya cerca de la hora del cierre. Eso era bueno para Leo, ya que, si iba a meterse en más problemas, prefería hacerlo lo más discretamente posible.
Se quedó quieto en la entrada, tratando de escuchar algo, y, al parecer, el único ruido venía del almacén. Se acercó y pudo ver que el hombre que le hizo el carnet de socio estaba hablando muy acaloradamente por teléfono.
Cuando era joven, Leo lo pasó mal por culpa del alcohol, (a partir del primer botellín de cerveza solía adquirir una inusitada facilidad para vomitar) así que cogió una botella de vodka, golpeó al hombre en la cabeza, y así obtuvo una doble venganza.
En todos los planetas habitados de esta y otras dimensiones existe algo, aunque su nombre puede variar, llamado “Ley de Murphy” que, en resumidas cuentas, era un señor con muy mala suerte.
En este almacén dicha ley alcanzó su máximo esplendor, ya que el hombre del supermercado no estaba llamando a la policía, como Leo pensaba (de hecho, ni siquiera le había visto salir del supermercado con la cajera) sino que su novia le estaba dejando por teléfono.
Dos por el precio de uno. Que bonita analogía.
El hombre, ahora atado a una silla y con sangre reseca en la mejilla, comenzó a despertarse.
-¿Rosa? ¿Cómo has hecho eso con el teléfono?- Fue entonces cuando vio a Leo. –Tú… Tú no eres Rosa…
-Si no fuera por ciertas cuestiones morfológicas, lo sería. Pero no, no soy Rosa.
-Oiga, se que hacerse el carnet de socio no es tan bueno como le prometí, pero… No se ponga así… Mire… ¡Podemos regalarle esa sartén! Esa antiadherente, cosa fina. Hecha en Taiwán.
-Cállate.
-No, claro, supongo que no le interesa. Ya debe tener una.- El hombre comenzó a acostumbrarse a la cara de leo, y pudo mirarle directamente a los ojos. - ¿Puedo, si no es mucha indiscreción, preguntarle qué le ha pasado en la cara?
-No. Cállate de una vez.- Leo no dejaba de andar hacia un lado y otro de la sala, no porque tuviera algún tipo de reparo moral en lo que iba a hacer, sino porque quería hacerlo lo más doloroso posible, y no sabía como.
-Tengo un amigo que trabaja en una clínica de cirugía estética, ni se imagina las cosas que puede llegar a hacer.
-¡Que te calles, gilipollas! ¿Pero a ti de donde narices te han sacado?
-Oiga, no hace falta que use conmigo ese tipo de lenguaje, seamos civilizados…- Pensó un poco. –Y bueno, soy, por si le interesa saberlo, de un pequeño pueblo en la costa, que, la verdad…
-Esto es increíble.- Leo, tras abandonar el rojo y repasar toda la gama cromática en su cara, estaba compitiendo con el yeso de las paredes para ver quién podía estar más blanco. El yeso estaba a punto de retirarse. – Pero… ¿Te vas a callar alguna vez?
-Caballero, empiezo a creer, que no hemos empezado con buen pie. Ese último comentario estaba, a todas luces, fuera de lugar. Comienza a recordarme a un primo mío que…
-Pero…¡Pedazo de imbécil! ¿Es que no te das cuenta de que te voy a matar?
-Bueno, hay quien opina que desde que se creó el Universo, unos átomos empujaron a otros, que a su vez empujaron a otros, y a otros… Y así sucesivamente. Eso me hace pensar, la verdad, que todas nuestras acciones son una reacción a aquel primer movimiento atómico, por lo que hacemos lo que estamos predestinados a hacer desde un principio y… ¡Oh, vaya, perdone..! Estoy divagando…
Leo deseó con todas sus fuerzas que los humanos pudieran tener la capacidad de provocarse un derrame cerebral por voluntad propia. Por desgracia, abría los ojos y seguía vivo.
Con los ojos mirando fijamente al vacío, Leo salió del almacén, y palpó con sus manos por las estanterías, hasta que encontró unas medias.
Si en vez de unas medias, hubiera encontrado una lechuga, habría encontrado la manera de matar al hombre con ella. De cualquier forma.
Tras 10 minutos de forcejeo y jadeos, Leo terminó y escondió el cuerpo tras unas cajas de cartón.
-Acabo de hacerle un favor a la humanidad.- Dijo sudando, en voz alta.
Entonces recordó a la cajera, que seguía esperándole en su casa, y salió corriendo.
El tal Murphy no había tenido bastante ese día y, para pasar el rato, hizo que Leo se dirigiera a toda velocidad y sin mirar hacia una pareja de Policías Nacionales, chocando estrepitosamente con uno de ellos y cayendo al suelo.
-¿Pero que coño..?- Dijo el policía desde el suelo.


(1) De hecho, con el tiempo suficiente, podría haberse frito incluso una cena ligera para 10 personas en su frente.
(2) Esta frase no debería ser tomada en cuenta, ya que la gran mayoría de personas con estudios universitarios suelen ser más zopencos que los que no los tienen.
(3) Algo similar a una máscara de lucha libre mejicana empapada de salsa de tomate.
(4) Hay quien llamaría a esto “sentido arácnido”.

4 Comments:

Anonymous yuhu! said...

Que cruel! Ahora Leo se ha vuelto un asesino! esta noche te saco los siguientes capitulos que a mi no me puedes dejar con la intriga.
Seguro que le mandan a la carcel pss
see u!
muuuuuuuuak! :**********

9:33 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

A ver si ahora tardas un mes en sacar el tercero¡¡ que te conozco¡¡

6:55 p. m.  
Anonymous miki said...

malamente va a acabar leo xDDDDDDD

9:29 p. m.  
Anonymous elvi said...

No es por ser sanguinaria pero...quiero más detalles morbosos de la proxima muerte,jejej.
Aunque aun no me he terminado "Un dia de perros" me recuerda este humor al de Hugh Laurie....no?
besetes brother

4:06 p. m.  

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