sábado, mayo 12, 2007

Capítulo 4: Mientras dormías

“Entonces, ¿qué estaba haciendo
en aquel lugar que, a juzgar por el vomitivo color
de las paredes, sin duda se trataba de un hospital?”

- Douglas Adams
Estanislao abrió los ojos. Sólo un poquito, lo suficiente para darse cuenta de que la luz le molestaba y de que estaba en un hospital. Cerró los ojos.
Volvió a abrirlos, esta vez poco a poco, para analizar la habitación. Butaca en la esquina.
Correcto.
Gotero a su derecha.
Correcto.
Se llevó la mano al cuello: llevaba un collarín.
Correcto, salvo que no tenía muy claro lo que le había pasado.
Miró hacia la puerta, donde un doctor parecía estar teniendo una discusión con…
“¡Mierda!”, pensó Estanislao, cerrando los ojos a toda velocidad. Pero era demasiado tarde: su novia (o ex-novia, no lo tenía muy claro) le había visto.
-¡Estanislao! ¡No finjas, que te he visto! ¿Cómo puedes ponerte a hacer tonterías en un momento así? ¡Eres un inconsciente! ¿Tienes la más mínima idea de lo preocupada que estaba? ¡Día y noche sin pegar ojo, aquí, esperando a que los incompetentes estos..!
-Oiga, señora… -Comenzó a decir el doctor.
-¡Incompetentes, si señor, eso he dicho! Porque, permítame que le diga, ¡que no hacen nada a derechas! La gente honrada paga sus impuestos, y este es el trato que obtiene a cambio. ¡Pues no crea que me voy a quedar de brazos cruzados si..!
Y así seguía.
Por desgracia para el hombre que se hallaba postrado en la cama, la habitación estaba en un décimo piso. “Resignación o suicidio”, se dijo.
Estanislao era, de verdad, una buena persona.
Sus amigos más imaginativos le llamaban “Stan”.
No tenía amigos imaginativos, así que, además de tener un nombre horrible, todo el mundo se dirigía a el por “Estani”, un diminutivo tan ridículo cómo estúpido. Afortunadamente, no mucha gente se dirigía a él.
Al menos, compensaba la fealdad de su nombre con una amplia sonrisa, la cual dejaba al descubierto una dentadura de fantasía, un físico envidiable, conseguido gracias a la herencia genética (nada de esas paparruchas de “gimnasios” o “dietas sanas”) y, por encima de todo, una auténtica barbilla americana, perfectamente homologada para cascar nueces.
La barbilla, formada por dos salientes parecidos a bolas de helado, atraía a las mujeres, acto seguido, su deslumbrante sonrisa les… deslumbraba, y en cuanto hablaba…
…”apaga y vámonos”, decía la cordura de cualquiera que fuera la persona que estuviera enfrente suyo.(1)
No hay persona en el mundo que tenga exclusivamente un defecto. Es imposible. Y Estanislao no era ninguna excepción. No sólo cargaba con la cruz de su nombre, lo cual podría parecer suficiente tortura, sino que además, tenía un ligero problema que salía a relucir cada vez que éste abría la boca para hablar:
Era insoportable.
Hay gente aburrida, gente a la que no soportas. Gente a la que querrías golpear cuando habla. Pues bien, referente a Estanislao, digamos que cualquier persona preferiría comerse sus propias orejas antes que mantener una conversación con él.(2)
Tenía esa extraña clase de labia que haría que un sordo le comprara un tocadiscos con tal de que se callara. Eso le convertía en un gran vendedor.
Sólo había una persona inmune a su verborrea, y era la persona a la que Estanislao más temía: su novia (o ex-novia, no lo tenía muy claro).
Era una de esas señoras temperamentales que inspiran respeto (y temor). Una de esas mujeres capaces de hacer disculparse a dos hombres a la vez, encontrándose estos a 300Km. de distancia.(4)
Estanislao había pasado mucho tiempo tratando de encontrar la manera de terminar con su relación. No cabía en sí de perplejidad cuando, hacía un par de días (aunque sus nociones espacio-temporales dejaban mucho que desear en ese momento) ella dijo que le abandonaba, porque no tenía suficiente “carácter”.
Si así era… ¿Qué narices hacía en el hospital?
El doctor seguía discutiendo con ella, o al menos lo estaba intentando. Cuando su contrincante hizo una pausa para respirar, vio una oportunidad de oro para hablar con su paciente.
-Señor López –Comenzó con cara ansiosa, mirando de reojo a la mujer.- ¿Cómo se encuentra?
-¡Ah, muy bien! Gracias por preguntar. He de reconocer que han hecho un trabajo excelente… ¡Me siento como nuevo!
El doctor le miró extrañado y se apresuró a hablar cuando vio que la novia(5) del hombre comenzaba a abrir la boca.
-Pero, ¿no ve la gravedad del asunto? ¿Acaso no recuerda lo que le ocurrió?
-Oh, si. Pero verá, yo creo que fue todo un malentendido, seguro que, si todos nos sentáramos a hablar del tema, acabaríamos encontrándolo divertidísimo. Jajaja.
“No puede ser, está mal de la cabeza.”, Pensó el doctor.
-No puede ser… ¡está mal de la cabeza! –dijo el doctor.
-Oiga, usted, señor matasanos –Comenzó la novia- no recuerdo que nadie le haya pedido su opinión, claro que, si se dedicaran a trabajar en vez de estar aquí, de cháchara, pues la sanidad funcionaría mucho mejor en este país, aunque claro, quien sabe, porque no son ustedes nada mas que una pandilla de incompetentes, que eso es lo que son, unos vagos y unos…
El médico empezaba a temer por su salud mental, y las palabras “infarto” y “homicidio” discutían en su cabeza, y alguna de las dos debía vencer. Finalmente, y aún sabiendo que su paciente debería guardar reposo, cedió.
-Mire, tiene usted una contractura en el cuello: siga llevando el collarín, digamos, indefinidamente, y se quedará como nuevo. En cuanto a los puntos de la cabeza… Ante todo, vaya a otro hospital a que se los quiten, porque aquí… bueno… ¡No tenemos el instrumental médico adecuado! Enseguida firmo el alta, y se puede ir tranquilamente a su casa. ¡Ah!, y cuando pase por recepción, hay unos policías que quieren hablar con usted. Adiós muy buenas.
Corrió hacia la puerta como una exhalación.
-Ojala no se pongan enfermos nunca.
Y cerró la puerta con un sonoro portazo.


(1) Este proceso se daba con todos los seres vivos y algunos minerales. Los únicos capaces de resistir este encanto eran los vascos y ciertos tipos de bivalvo.
(2) O su pierna, o su bazo…(3)
(3) No hubo testigos, pero hay rumores que hablan de alguien que llegó a extraerse el hígado. Con una cuchara.
(4) Y sin necesidad de usar el teléfono.
(5) O algo así.