sábado, abril 12, 2008

Capítulo 7: El Diablo sobre ruedas

El coche resultó ser un camión. El camión resultó ser una gigantesca lata de salchichas(1), conteniendo a su vez una salchicha especialmente grande y grasienta que resultó ser el conductor.
Por desgracia para Leo (más acertado hubiera sido decir “por desgracia para el conductor) el camionero resultó ser una persona afable, jovial y vivaracha. Para Leo, la gente alegre, jovial y vivaracha, sólo merecía dos destinos: ser asesinados, o trabajar en Disneylandia.
(2)
Esa forma de pensar por su parte hacía que, en los siguientes 15 minutos, las probabilidades de supervivencia del camionero fuera, sinceramente, escasas.
- Oiga, suba, ¡que se le va a congelar el dedo! – exclamó la sonriente bola de carne.
- ¿Hacia dónde va? – susurró Leo con un ligero rechinar de dientes final, mostrando una sonrisa falsa que envidiaría hasta un gran visir.
- ¿Adónde quiere que le lleve? – la innata capacidad del camionero para ser agradable estaba reduciendo drásticamente los minutos de vida que le quedaban.
- Cuanto más lejos de la ciudad, mejor. – mientras subía, casi trepaba por la escalerilla que le acercaba al asiento del copiloto, su sonrisa sufrió un cierta metamorfosis. Ya no sonreía como un gran visir malévolo y con oscuros planes secretos. Ahora sonreía como un auténtico cabronazo.
A los cinco minutos de recorrido, cuando Leo hubo comprobado que se hallaban lo suficientemente lejos del club como para no ser visto por ningún testigo, interrumpió el monólogo que el camionero había comenzado nada más arrancar.
- …porque no vaya a creerse que yo he ido ahí a… ¡No hombre, no! Tengo alquilada una habitación ahí para cuando vengo de ruta. Yo soy fiel a mi mujer, vaya. Aunque hay de cada pájaro ahí dentro… la de gente que tiene la necesidad de echar una canita al…
Si había un motivo por el cual el camionero no siguió hablando, casi con toda seguridad se trataba del cristal triangular de unos 20 centímetros ensartado plácidamente en su costado derecho.
- Eso… Eso no estaba ahí antes. – el camionero demostraba grandes dotes de observación.
Siguió con su mirada la mano que acompañaba al cristal, así como el brazo, el hombro, y la horrible cara roja de ira(3) que lo seguían. Volvió a mirar su costado, empapado en sangre.
- Vaya.
Y se desplomó.

Tras hacerse con el control del camión, Leo dio la vuelta, sintiéndose el amo del mundo, algo que por supuesto, era culpa de la altura a la que se encontraba la cabina del camión con respecto a los demás coches. Era una sensación similar a la que debía de haber embargado al mítico Aníbal. Si hubiera comandado una flota de Road Trains australianos en vez de unos patéticos elefantes, su repercusión en la historia habría sido mucho mayor.
A Leo sólo le hacía falta escuchar La cabalgata de las Valkirias para tratar de conquistar Polonia. Curiosamente, la radio local emitía en ese momento un programa especial con los grandes éxitos de Queen, que provocaba en Leo sentimientos encontrados.
Llegó a una gasolinera, donde abandonó el camión a su suerte. Por muy machote que le hiciera sentir, no era el medio de transporte adecuado para pasar inadvertido.
Entró a la tienda de la gasolinera, dónde preguntó al dependiente si tenían teléfono. El dependiente se la señaló a duras penas, mientras mantenía una lucha interna decidiendo si debería saciar su curiosidad y mirar a Leo a la cara, o seguir mirando las interesantísimas teclas de la caja registradora.
Una sema después, el dependiente sufrió una crisis nerviosa por estrés. Nadie relacionó los dos incidentes.
Hasta ahora, Leo había hecho una serie de movimientos que, a priori, podrían parecer estúpidos. A posteriori, se revelaban como movimientos realmente estúpidos. Pero cuando alguien comete un crimen, se le atrapa por seguir una serie de pasos lógicos que todo policía o investigador debería saber rastrear. La cosa cambia cuando haces lo que nadie espera, que suele coincidir con la mayor estupidez posible. Así que Leo, va a esconderse, pero no va a huir. Al contrario, vuelve a la ciudad.
Ignorando al dependiente, se dirigió al teléfono, introdujo una moneda en la ranura, y marcó.
Contestó una voz femenina.
- ¿Radio-taxi-digamé?


(1) Existen, palabra.
(2) Trabajar en Disneylandia también incluía la posibilidad de ser asesinado.
(3) La cual, pensaba el camionero antes de que se le nublara la vista, se parecía a una pizza de peperoni cocinada en una sartén.

1 Comments:

Blogger Bamf! said...

Bueno gente, con el siguiente capítulo (está escrito, tranquilos) se termina la primera parte del libro.

No tengo ni idea de cuantas va a tener, sinceramente, pero ahí voy, ahí voy...

De momento tengo el siguiente escrito y el primer capítulo de la segunda parte a medio.

Besetes.

3:58 a. m.  

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