martes, junio 03, 2008

Hogar, dulce hogar

Eran las nueve y media de la noche y volvía del supermercado. Soy partidario de la igualdad entre sexos, pero he de reconocer que me irrita pensar que en siete años de matrimonio, Alicia no haya sido capaz de hacer ninguna de las tareas domésticas. Me da la impresión de que las escasas veces que me acompañó a hacer la compra se limitó a flirtear con el cajero. Aunque claro, no tengo pruebas de ello. Supongo que no era el matrimonio que ella imaginaba. Probablemente en su cabeza habría más fiestas de la jet-set y mansiones lujosas. En fin. Al menos nos queríamos.
Cerré la puerta y me quedé parado en el recibidor, ensimismado, pensando si debería llevar las bolsas a la cocina o dejarlas en el suelo para ir a mear. En esos momentos de ‘esplendor intelectual’ no esperas que te ocurran cosas extrañas. No estás mentalmente preparado, no puedes afrontar bien las situaciones serias. Así que es comprensible que no supiera reaccionar ante la presencia de un chaval de veintipico años de pie en el centro del salón, rígido como una estatua, esperando en la penumbra.
Era el típico chaval de barrio. Me sonaba. Grandote, pelo engominado de punta, aro en la oreja, chándal y una mueca que daba a entender que había nacido mascando chicle. Desde luego, no tenía cara de haber leído a los clásicos. Por supuesto, eso no tenía nada de extraño. Lo curioso era que me estaba apuntando con un revolver. Uno tan antiguo que parecía sacado directamente de una película del oeste. Yo conocía ese revolver.
Ya estaba amartillado. Apretó el gatillo.
Una de las ventajas de ese tipo de arma frente a las pistolas es la puntería. El chaval debía estar cagado de miedo, o bien estaba jugando conmigo, porque me hirió en el hombro izquierdo, haciendo que todas las bolsas cayeran al suelo. Otra de las ventajas de los revólveres es la posibilidad de utilizar munición más potente, así que tal vez sería más correcto decir que me destrozó el hombro.
No tenía mucha soltura con el arma, y no le iba a dar la oportunidad de dispararla otra vez. Agarré lo primero que encontré tanteando con el brazo bueno y se lo lancé a la cabeza con todas mis fuerzas, con tan buena suerte que le acerté en la sien y cayó al suelo tras un sonoro gemido. Supongo que él lo vio como un golpe de mala suerte.
Nunca entendí por qué teníamos un busto de Mozart en la mesita del salón. Ni siquiera me gusta Mozart, me da dolor de cabeza. Por lo visto, al intruso también.
Me acerqué temblando al cuerpo del chaval. No temblaba porque tuviera miedo, había hecho lo que tenía que hacer: había sido en defensa propia. El problema eran los espasmos de sus piernas. Era horrible, me entraron ganas de vomitar. Ver unas piernas moviéndose no es nada inquietante, pero tiendes a verlo de otra manera cuando estás casi completamente seguro de que esas piernas acompañan a un cuerpo sin vida.
Me agaché junto al torso y me aproximé a su cara. Apenas era un hombre. Probablemente en su habitación solo había posters de motos y mujeres desnudas. Podría haber sido cualquiera de los chavales a los que antes daba clase. Entonces fue cuando me fijé en la herida. La zona de la sien estaba terriblemente hinchada, y la sangre no era lo único viscoso que fluía hacía el suelo. No recordaba tener tanta fuerza.
Le miré, abatido, y le reconocí. No estaba seguro del todo, pero creía que el chaval trabajaba de cajero en el supermercado del que yo acababa de volver. Daba igual que me hubiese pegado un tiro en el hombro. Daba igual que tal vez hubiese intentado matarme. Era demasiado joven.
Cogí el revolver de su mano y sentí un gran mareo. Estaba empapado en sangre. Ni siquiera había intentado contener la hemorragia. Me eché hacia atrás hasta alcanzar el sofá, donde me derrumbé. Mire el arma y la volví a amartillar, funcionaba como si hubiera sido fabricada ese mismo día. Entonces llegó mi mujer.
-Cariño, que… ¡Dios mío! ¡Joder! -me miró-. ¿Diego, que ha pasado?
-No lo sé… -estaba empezando a costarme hablar-. He entrado… me ha disparado... con esto -le enseñé el revolver.
-¿El revólver de Londres? Claro, habrán entrado a robar y… ¡Por Dios, estás sangrando! -vaya, por fin se había dado cuenta-. Toma, apriétate esto contra la herida para contener un poco la hemorragia -me dio un trapo que llevaba en la mano y se marchó, dejando un bote de amoniaco en la mesa de la entrada.
‘El revólver de Londres’. No podía quitármelo de la cabeza. Dos meses antes Alicia y yo habíamos ido de vacaciones al Reino unido.
-No eres nadie si no has estado en Londres -había dicho. Nunca se me ocurrió preguntarle quién narices pretendía ser, pero dadas las estúpidas aspiraciones sociales a las que ya me tenía acostumbrado mi preciosa mujer, preferí darle la razón. Además, no era una mala idea, podría visitar el Museo Británico o ver las tumbas de algunos de mis escritores favoritos. Tal vez incluso podría documentarme para una novela.
El tercer día de viaje Alicia estaba especialmente interesada en ir a al mercadillo de Portobello Road, en Notting Hill. Quise visitar la casa donde vivió George Orwell durante un tiempo, mientras aprendía a escribir. Pero Alicia parecía tener mucha prisa y sólo pudimos pasar por delante, yendo directamente hacia el mercadillo, atestado de gente.
En la mitad de la larguísima Portobello Road, Alicia desapareció como impulsada por un resorte en un callejón que había entre un puesto de cerámica y otro de juguetes infantiles de principios de siglo, así que la alcancé como pude.
El callejón también era a su manera un puesto de mercadillo, pero tenía algo especial.
Estaba repleto de tesoros de guerra: cascos alemanes, rusos y americanos. Abrigos de oficial, algunos incluso de general. Chapas de identificación, granadas vacías y mascaras antigás. Y por supuesto, armas.
Alicia recorrió hipnotizada todos y cada uno de los rifles, revólveres y pistolas, rozándolos con la yema de los dedos. Sabía que había trabajado en una tienda de antigüedades antes de que nos casáramos, pero no imaginaba que sintiera tal devoción por esos tratos viejos.
Después de media hora detuvo sus dedos en una caja rectangular de madera, que contenía un revolver de metal negro, con el gatillo dorado, y sus respectivas balas. Le señaló la caja al dependiente, que tenía un obvio aspecto de camello y no parecía hacer nada para remediarlo, y mantuvo una apasionada conversación con él.
No sabía nada de antigüedades, y era la primera vez en mi vida que veía un revolver, exceptuando las películas, pero por lo que escuché supe que era un Remington, de mediados del siglo XVIII, y auténtico, nada de réplicas. No reparé en la guerra en la que fue utilizado, ni el bando que lo portaba, pero viendo la manera en la que el hombre con aspecto de camello y mi mujer se deshacían en halagos por un objeto inanimado, alabando su precisión y potencia, pensé que debía haber sido un magnífico medio de defensa.
Seguro que nunca falló a su dueño, pensé.
Mi mujer compró el revolver sin darme tiempo de discutir. Tuve que devolver mi carnet de donante de órganos, los necesité todos para pagarlo.
El vendedor nos habló de los problemas que podríamos tener para sacar el revolver del país si íbamos en avión, así que nos enseñó a montarlo y desmontarlo y aconsejó que mandáramos las piezas por correo. Así lo hicimos.
Yo mismo hube de reconocer que era precioso. El cuanto lo montamos de nuevo en casa, encargamos una vitrina para nuestro dormitorio, donde expusimos el revolver junto con otras tantas reliquias que Alicia había ido recolectando a lo largo de los años. Como una urraca. Eso sí, una urraca guapísima.
Era el revólver lo que me preocupaba. Los chavales como el que estaba en el suelo van directos a por el dinero, las joyas o los electrodomésticos. Desde luego, no entran a una casa y van directos al dormitorio, cogen un arma del siglo XVIII de una vitrina, ni lo cargan con unas balas que ni siquiera estaban guardadas en el mismo sitio.
Cuando Aliciaa volvió, trajo consigo gasas y desinfectante y empezó a curarme la herida.
-¿Has… oído algo? ¿Cómo ha… entrado? –dije, jadeante.
-No lo se. Estaba en la terraza limpiando los cristales. Ni siquiera sabía que habías llegado hasta que oí ese estruendo -miró el cadáver y se estremeció-. ¿Sabes quién es?
-Creo… Creo que sí… -comenzaba a nublárseme la vista. Alicia se dio cuenta de que no estaba bien. Cuando alguien está a punto de desmayarse, sólo habla con monosílabos.
-Diego, que te cure la herida no sirve de nada. Voy a llamar a una ambulancia. Quédate aquí y no hagas esfuerzos.
Quise decirle que lo que me apetecía era practicar un poco de alpinismo o tal vez algo de lucha greco-romana, pero no tenía aliento, así que me callé.
Alicia se marchó a llamar a la ambulancia. Subí las piernas al sofá y me estiré todo lo que pude. Volví a mirar el revólver, que parecía olvidado junto a mi mano izquierda. El dolor del brazo era insoportable. No entendía nada.
-¡Vengan rápido! ¡Por favor! ¡Mi marido está herido! ¿Diez minutos? ¡Dense prisa por favor!
La adrenalina se fue evaporando de mi cuerpo y comencé a relajarme mientras oía a mi mujer hablar por teléfono. Entorné los ojos y miré hacia la mesita de la entrada, de modo que lo último que vi antes de que se cerraran definitivamente fue el bote de amoniaco. Tal vez con un poco de suerte me despertara en el hospital, con el brazo curado y Alicia dispuesta a ejercer de esclava sexual hasta mi recuperación. Bueno, me conformaba con dormir un poco.
Por desgracia, dormir es muy complicado cuando no puedes respirar.
De repente, algo me presionaba la cara. Me estaba ahogando. Sólo había oscuridad. Intente moverme, pataleé, pero no tenía suficiente fuerza, y tenía las piernas y el brazo derecho inmovilizado.
Alguien estaba intentando asfixiarme. A veces pasa.
La pérdida de sangre es grave. Si a la pérdida de sangre le sumas la falta de oxígeno, es una putada. No podía pensar, así que hice lo que tenía más a mano, y lo que tenía en la mano era un revolver.
Seguro que el chaval no había venido sólo, había traído a alguien para echarle un cable, se habría quedado escondido, esperando hasta decidir qué podía hacer. Me vio herido y tumbado en el sofá y pensó “esta es la mía”.
Bien, pues había cometido un error dejando libre mi brazo izquierdo. Que me hubieran herido en el hombro no significa que no pudiera mover la muñeca. Sólo tenía que apuntar dos o tres palmos por encima de mi pecho. Cerré los dedos en torno al revolver, giré la muñeca y apreté el gatillo.
La presión cesó. El peso que tenía encima cayó al suelo con un ruido sordo. Abrí los ojos, y con la poca luz que llegaba, pude ver el horrible estampado de urogallos de uno de los cojines de mi casa. Lo lancé lejos y miré el segundo cadáver, desplomado en la alfombra.
Mi mente era un torbellino de ideas. Me imaginé a Alicia llorando, con el maquillaje corrido. O susurrando “Lo siento, amor mío”. Mi mujer no podía odiarme tanto.
Incluso después de recibir el disparo, su rostro presentaba una mueca de ira desgarradora. La mandíbula fuertemente apretada, enseñando los dientes, como un animal furioso. La nariz arrugada, con las fosas nasales totalmente abiertas. Y los ojos. Esos ojos fuera de sus órbitas, inyectados en sangre, que me seguían allá donde fuera. Entonces pensé que la puerta del piso no había sido forzada. Imaginé a mi mujer flirteando con el cajero. La vi en Londres interesándose por el funcionamiento de un revolver. Pero sobre todo recordé que mi mujer nunca había limpiado los cristales. Y el amoniaco va de perlas para limpiar las manchas de sangre.

8 Comments:

Anonymous Miki Puig said...

ole ese avi negro de revolveres y charcos de sangre.


para cuando la verdadera historia del carero?


muak.
Te reto a un partido xD

11:50 p. m.  
Anonymous Jorge said...

Muy chulo.
La culpa es de las madres, que les inculcan la pasión por las armas antiguas como a putas.

12:56 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

enhorabuena caballerete, me parece un relato cojonudo! =)
Duffy

10:15 p. m.  
Anonymous Josem Pana said...

en tres palabras, im-presionante. de verdad, tus relatos son geniales, sigue asi macho, aunque tengo miedo de que un día te posea uno de tus personajes...
nos vemos por harbar

mr.baker

8:04 p. m.  
Blogger Bamf! said...

Mike: el espíritu del carero acompaña la trayectoria de toda mi obra. Lo del partido no, no vaya a ser que te parta.

Jorge: llevo mcuho tiempo sin verte, así que te lo voy a recordar: eres un puto friki y lo sabes.

Duffy: llevas un ritmo de vida extraño en examenes, vuelve con nosotros.

Baker (me parece tan acojonante el mote que te voy a llamar así a partir de ahora): ¿te das cuenta de que cada vez estás más cerca de que te practique una felación? xD.
Por cierto, esta semana iré para allá. Ve ensillando las yeguas.

10:44 a. m.  
Blogger Rivers said...

Ey tío!

Muchas gracias por ponerte al día en nuesro blog, ya se te echaba de menos!!

No, el Rivers me viene mas de familia que de los weezer, pero bueno, todo es ponerse a investigar realmente en serio.

Me pongo ahora mismo a leerme tu relato!

Un saludo y nos vemos por la blogosfera, o como lo llamen los modernos!

8:27 p. m.  
Anonymous paclo said...

Bien Bamf, me ha enganchado el relato. Tiene cosas que molan bastante, de verdad.

3:24 p. m.  
Anonymous laura said...

Muy bueno, si señor¡¡¡ tendría que haberlo leido antes ;)

8:34 p. m.  

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