miércoles, agosto 13, 2008

Trainspotting

Y así es como, de repente, me doy cuenta de lo mucho que me gustan los trenes. Alguna vez había estado a punto de dedicarle más de unos segundos de pensamiento, pero me había parecido estúpido y había evitado el tema. Siempre disfruto viajando en silencio, mirando lo que pasa por la ventana. Creo que por eso no quiero conducir. Sabía que había alguna razón oculta para eso.
Cuando vuelvo a casa, no se describir lo que siento cuando consigo un billete para un tren que sale un día antes que el de los demás. Nadie me conoce, no conozco a nadie, y realmente quiero que sea así. Observo sorprendido durante un rato las discusiones que la tercera edad tiene sobre la pertenencia de los asientos que reclaman. Son discusiones estúpidas, normalmente nadie está ocupando su sitio, simplemente no han mirado la letra ni una sola vez. Y me gusta pensar que yo ya estoy sentado, que no estoy en el asiento equivocado, que no voy a tener que hablar, ni moverme, durante un par de horas de paz.
Pero no le había dedicado tiempo a pensar en ello hasta que subí a ese tren. Ni siquiera recordaba haber comprado un billete de litera. Entro al tren, y un revisor de posguerra me guía y me abre la puerta. Un vagón que parece intentar mantenerme a salvo del frío hasta que llegue a Hogwarts. Seis literas que, por mucho que me esfuerce, aún no entiendo como caben en ese compartimento. Un compartimento que es solo para mí.
Y es así como a las 12 de la noche, sin luna a la vista, salgo al pasillo de un tren que no había visto desde que tenía al menos 12 años, y me pongo a mirar por la ventana como un imbécil. Y digo como un imbécil porque no hay ninguna luz que me permita ver el paisaje. Si acaso, alguna farola con luz mortecina me hace saber que estoy mirando un aburrido polígono industrial que nadie querría ver. Pero sigo mirando a la oscuridad, embobado.

Y ya me he puesto sentimental, joder. Mierda de Renfe.